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La Coctelera

cartasdecero

15 Abril 2008

Notas de Jazz: Silencio Sostenido (7)

Mi querido y desconcertante Jazzmín:

Tu última carta ha dejado una gota de agua a punto de resbalar por mi mejilla, por cuanto no he sabido leer entre líneas si la melodía que interpreto es la correcta o estoy fuera de tono, y el sonido lejos de ser dulce supone estridencia y aturdimiento. Pero rápidamente me he puesto a favor del viento para que su atrevimiento fuera barrido por el aire. Porque lo que quiero para ti son sonrisas que iluminen tu día a día, y no lluvias intermitentes e imprevistas que empañen el horizonte. Después me he sentado en mi playa, en la que he recibido tu carta, y con pluma dorada y papel color arena he pensado que debía intentar hacerte llegar mi mensaje. He esperado a que un barco pasara cerca de mi isla para entregarle esta carta, y que llegue rápidamente. No quería dejarla a la deriva entre la corriente. Seguramente hubiera llegado también, pero las dudas y la incertidumbre hubieran hecho presa de mí durante un tiempo, haciéndome desafinar, y he preferido evitarlo. La espera no ha sido muy larga, porque últimamente los barcos que llevan a ti pasan con cierta costumbre. Podría haber cogido uno de ellos, antes o ahora, pero los dos sabemos, como me has escrito, que nuestra felicidad de encontrarnos al fin juntos, en este instante, no hubiera sido completa. No es el momento. Quizá no lo sea nunca. O quizá lo sea mañana.

El futuro siempre es incierto. Esta partitura, que comenzaste y en la que quisiste yo participara, está a punto de acabar porque las notas ya están en su sitio, la composición esta terminada, y ambos sabemos cual es la melodía que tenemos que interpretar. Y pronto, juntos, comenzaremos otra. Ninguna de las dos tendrán el ritmo que se pretendía, pero lo importante es que suenan. A veces la música no vibra como uno la imagina, pero siempre es bella. La música tiene además otro tropiezo: uno puede equivocarse de pentagrama, saltarse un silencio, interpretar un adagio cuando en realidad es un piano. Pero un buen músico, distraído y torpe, pero emocionado con los sonidos, aunque se pierda, aunque se equivoque, vuelve a su punto, y la música sigue sonando. Aquí no hay posibilidad de parar y retroceder para retomar la melodía en el punto en que uno se extravió. Solo queda continuar, y confiar en el otro para que sepa perdonar, y sepa amar a pesar de los despistes. Sé que nuestra canción, la que interpretamos juntos es exquisita, porque ha surgido de ti y de mí, y la hemos compuesto entre los dos, con los deseos y las expectativas de los ambos.

Solo espero que mis despistes no interfirieran en tu melodía. Ambas deben acoplarse pero no entorpecerse. Siento que nuestros ensayos nos están llevando a ese punto en el que nuestro dueto sonará al unísono como una sola pieza, de forma que los diferentes instrumentos serán solo uno, y durante el tiempo que suene, será mágico, especial, aún sabiendo que cuando acabe la representación volveremos a ser dos. Sé que nuestras notas se complementarán.

Inevitablemente interpretar una melodía a dos voces requiere conocer al otro, sus pensamientos, sus movimientos, sus mínimos misterios, para predecirse y que cada acorde prometido sea el sonido anhelado. En eso estoy, en conocer esa música de jazz que salió de la nada, que buscó interpretar una melodía conmigo. Me has buscado y me has encontrado, y voy aprendiendo, lenta creo, pero segura.

Sé que interpretas otras melodías. Debe ser así. Tú eres un músico, de las palabras, del blues, de la noche, de la compañía, y yo solo soy una aprendiz con entusiasmo por estos nuevos sonidos que me han enviado en botellas de cristal. Está bien así. Aunque a veces los aprendices reclaman más de sus maestros, porque quieren llegar a su nivel, y quieren estar a su altura, y no defraudarlos, pero los maestros tienen que ser sabios en esto, y establecer los ritmos para que el solfeo sea aprendido y retenido, y los conocimientos no se pierdan entre el ansia y el anhelo. Y sé además que surgen otros aprendices, que renuevan las ilusiones de los maestros, y está bien que sea así. Los aprendices lo sabemos, que no somos exclusivos, que compartimos maestro, pero también sabemos que nuestros desvelos, nuestras metas alcanzadas se quedan para siempre en el corazón del mentor, como una pequeña alabanza que dice “lo sabe! Yo sé lo enseñé, lo aprendió de mí, lo aprendió conmigo” y eso hace que la querencia del profesor por su aprendiz aumente.

¿Dónde crees que será nuestro próximo concierto? ¿Será en ese castillo del que me hablaste, a veces abierto y a veces cerrado? ¿Será en un escenario idílico en medio de un paisaje de colinas, como en un antiguo anfiteatro romano? ¿Será entre esas montañas que tanto te gusta recorrer? ¿Será en una pequeña tetería entre un reducido y selecto público?

La verdad es que el lugar no importa. Los conceptos de espacio y de tiempo entre nosotros no deberían tener sentido, porque nuestros encuentros están marcados por otras pautas que sólo tu y yo comprendemos y sabemos encontrar, por los compases de las sonatas que tú y yo interpretamos. Y sé que la música que descifro te llega. Sé que mi música crea en ti sentimientos contradictorios, de querer seguir enseñando, y de querer dejarlo porque puedas creer que el aprendiz ya no puede aprender más, porque hay que dar oportunidad a otros....está bien. Tú eres el maestro de ceremonias, el director, quién tiene la batuta entre sus manos, quien marca el camino.

Estate tranquilo, mi querido Jazz, porque en el silencio sostenido de mis noches, yo duermo feliz, con tus notas revoloteando entre mis sueños, y sabiendo que el maestro es feliz con sus interpretaciones, las mías y las de otras. Y no espero nada más que seguir aprendiendo contigo, y que mi melodía sea dulce y especiada para ti.

Tags: cartas, melodia

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