He recogido tu última carta y me he detenido, en mi orilla a leerla. Estaba sentada en la arena, dejando que las olas del mar empaparan con cada acometida mi vestido blanco, el que he elegido para el día que nos conozcamos. Creo que el blanco me sienta bien, encaja con el color canela de mi piel dorada por el sol, y a ti te gustará. He tenido mucho cuidado para que las gotas de mar no empaparan tus palabras, y no pudiera leerlas por ilegibles. Mientras la leía, y la volvía a leer, para no perder ni una de esas cosas que tú quieres que sepa y que yo voy atesorando en mi corazón, he oído un dulce sonido que me ha hecho girar la cabeza. Ahí estaba tu botella, golpeando suavemente con las caracolas nacaradas que me acompañaba en la playa. Era una suave cadencia que me ha dejado como hechizada por algunos segundos, como si entre ambas, la botella y las caracolas, estuvieran componiendo una melodía que acompañara mis lecturas. Hasta que me he dado cuenta del riesgo de perder tu mensaje. Me he levantado de un salto a recogerla, no quería que se rompiera. He cogido la botella, y despacito me he acercado a mi cabaña, donde guardo tus palabras.

Te encantaría. Es una cabaña acogedora, de madera de sándalo, que desprende un aroma sensual y refinado que me transporta y que se ordena perfectamente al aroma de jazzmín de tus cartas. Aquí las tengo todas, colgadas en la pared de una fina cuerda tejida con hojas de palmera, para tenerlas todas a la vista, para que tus palabras sean un suave torbellino que revolotea, para que sean el aire que respiro cuando entro aquí. Cada una de tus cartas es una ventana a un mundo ideal, un sueño que un día me atreví a soñar, y que en cierta medida tú has creado para mí, y que aquí dentro puedo vivir. ¿Puedes siquiera imaginar cuanto agradecimiento hay en mi alma? He venido a dejar tu última carta. Casi me la sé de memoria. Como las demás. Pero ahora tengo también tu botella. Quiero sentir lo que hay dentro. Quiero ver que me has traído.

He conseguido sacar tu papel, ese brizneado que tanto te gusta mandarme y saldré a leerlo al sol, porque la luz hace que la emoción de las palabras sea diferente, más impetuosa, más palpitante, más ciega también. Y vuelvo a caminar por la orilla, mientras la brisa de la playa juega revoltosa con mi cabello y con mi vestido, confundiéndolos en un baile bullicioso. Pero yo estoy ajena, porque me pierdo en tus palabras, en la imagen de tus manos trazando un camino de letras que nos ha unido. Pero no me concentro, porque la melodía vuelve a sonar, y fijando mi mirada en la línea de la playa, veo que hay más mensajes, y mi corazón salta de contento, porque hoy tengo todo el día para ti, tengo todo un día de ti. Voy a cogerlas, y a leerlas despacio, y a llenar mis minutos de tus palabras que bordean como un coral la isla de mi vida.