Ayer estuve al sol, como tú. El sol me ayuda, me renueva mis fuerzas, y me ayuda a ver las cosas con otros sonidos, con otros colores. Y las he visto. He estado días preguntándome porqué suceden determinadas cosas, entre nubes borrascosas y días grises; cosas que escapan a mi control, pero que de alguna manera tengo que encajar en mí, día a día. Y perdida en mis meditaciones, con una actitud entre la apatía, el enfado y la rebelión, ayer, con la luz blanca y tibia alrededor, he dejado de pensar, para sentarme a escuchar. El sol tiene ese poder sobre mí: me permite abandonarme y dejar mi mente completamente quieta, atenta únicamente a lo que hay a mi alrededor. Era preciso y necesario. Y el mensaje que estaba necesitando me llegó preciso y claro, suave y tierno, acorde y armónico con tus mensajes en botellas.
He sentido, porque me lo han susurrado, que todo tiene una explicación, que todo tiene un propósito. Tras los negros nubarrones que cubrían mi horizonte, débiles rayos de luz han empezado a clarear mi playa, y la fuerza que me han dado me han permitido salir de mis arenas, y pasear, y buscarte. Ya te he contado que creo. Y creo en un plan, perfectamente diseñado, que acoge a las personas y les da un camino, un buen camino, y un lugar. Hay otros caminos, que también podemos escoger, y posiblemente nos llevarían al mismo lugar, pero son caminos menos claros, más largos, con más tropiezos. Yo quiero estar en el buen camino, porque me hace sentir feliz, tranquila, acunada en mis temores. Es un camino también con sus dificultades, pero con sustentos. Cuando empecé a recoger tus cartas, pensé que me había apartado de este camino y que por ello estaba naufragando, y estaba atrapada en mis arenas. Estaba caminando hacia la tormenta perfecta de la que nadie puede escapar. No entendía en qué momento había cogido la dirección equivocada, qué había hecho mal, porque de repente me encontraba en esta playa tan solitaria, acosada por furias que me atemorizaban, y que solo tus mensajes conseguían traer un poco de calma y paz.
Hoy el sol ha iluminado la playa, y yo he visto más allá de la orilla donde te recojo. Al contemplar mi derredor he comprendido que no estoy sola, y que además estoy en el lugar que me corresponde estar. Creo que no he llegado aquí por error, sino que mi presencia en este lugar tiene un propósito. El sol me ha marcado el lugar correcto, el lugar en el que estoy, el lugar en el que te espero. No estoy tan lejos como creíamos. Realmente estamos cercanos. Desde aquí estoy dispuesta para tí, para cumplir esa misión que me ha traído a tus mensajes, la respuesta a tus palabras buscándome, la obra que iniciaste con tus cartas y tus manos.
¿Sabes cual es esa misión para la que me has creado, mi misión? Yo tampoco lo sé, aún. Quizá tampoco es importante saberlo. Lo iremos sabiendo a medida que pase el tiempo. Empiezo a comprender que tu búsqueda de mí, que la creación de Cero no es una casualidad, que quizá no es exactamente como fue planificado, y por eso hemos estado como naúfragos, sobre todo yo he estado a la deriva, pero el lugar donde estamos, las playas en las que nos encontramos son el sitio adecuado, nuestros paraísos particulares que ahora debemos compartir. No sé si yo aquí en mi playa, y tú ahí, en tu costa, enviándome mensajes, serán nuestros escenarios definitivos. Posiblemente no, y con el tiempo cambiaremos. Las mareas, la brisa, nos llevarán y nos traerán. Nosotros sólo debemos dejarnos llevar. Y disfrutar de cada momento, de lo que tenemos, de lo que has construido, de lo que puedo hacerte llegar, porque de esta melodía tuya y mía sólo podemos obtener ganancia, bellas notas, alegres o tristes, da igual, pero bellas, sin pensar en lo que pudo ser y no fue, porque en esa melancolía perderíamos lo que es.
Y pensando que la clave es el Sol, acabé el día resguardada de la lluvia en mi cabaña de palabras, en la quietud de mi letargo dominical, mientras el golpeteo del agua en la arena recubre mis letras, acompañado de las alegres y lejanas notas de un saxo.

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