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Terra
La Coctelera

Notas de Jazz: el ritmo de Jazz (9)

El atardecer me ha capturado reteniendo entre mis dedos una preciosa historia de amores y cóleras. La luz anaranjada ha dejado una marca salvaje en mis pupilas que durante breves segundos me han cegado, como en algún momento llegaron a hacer tus palabras. La imposibilidad de encadenar mis pensamientos con la historia interrumpida me ha permitido un momento de contemplación, en el que tus suaves melodías de jazz han vuelto a mezclarse con el sonido de las olas que de puntillas se acercan a mis orillas, dejando una leve caricia entre mis pensamientos y mi piel.

A mi vera respiraba el libro que me acompaña y asomando tras sus paginas he encontrado, disimuladas y dormitando tus ultimas cartas. Han llegado en el momento en el que pensaba en recoger la cabaña, y desmontar la hamaca en la que noche tras noche he observado la luna marcando sobre el agua un camino argentado, ese camino a veces tan real y a veces tan imaginario que debía conducirme, pensé, hacia tu playa.

He soñado a veces con tus cartas revoloteando como mariposas dóciles y alborozadas alrededor, haciéndome girar sobre mí misma hasta perder el contacto con el suelo y volar con ellas suspendida como una cometa, dejándose llevar por el viento. Han sido breves momentos de ilusión que han proporcionado cierta felicidad adicional a mis días, aún con la conciencia de la imposibilidad de lo imposible. Otros sueños se burlaron como cantos de sirena surcando tus mares, enredándote con mi canto en fantasías tan reales que durante segundos de arena nos parecieron a ambos eternidades, en un bucle de sonidos del que no queríamos ni podíamos salir.

Hoy, con la calma de espíritus templados, compartidos y pacientes, cada una de esas imágenes han quedado retenidos en los recodos de mi memoria como postales desde el alféizar del mundo, ennoblecidas cada una de ellas con el sonido de jazzmín y el olor a música.

Finalmente creo que dejaré montado mi refugio, para cuando tú quieras venir. Sabes que siempre estará dispuesto para ti, porque he visto que finalmente hemos encontrado ese camino tantas veces buscado, y tu y yo hemos conseguido estar juntos. La vida, algunas veces, nos gasta pequeñas bromas, confabulada con el destino, y nos muestra quimeras que en nuestra ineptitud surgida de los emociones distraídas nos creemos a pies juntillas, cuando la realidad, aún no siendo tan fantástica como nosotros la vemos, sigue siendo un encuentro emocionante.

Quiero pensar que eso es lo que nos ha sucedido. Que cerramos los ojos demasiado profundo, ensimismados con esa melodía que nos empeñamos en interpretar, sin atrevernos a entreabrirlos más allá de lo estrictamente necesario para asegurar que las mareas no nos apartaban de nuestro rumbo. Sin embargo, era preciso contemplarnos, para que nuestras miradas comprendieran que el camino estaba ahí, trazado, que no hay mar que pueda separarnos, porque a estas alturas, tus arenas forman parte de mi playa como mi playa forma parte de tu costa. Hemos interpretado nuestros papeles con verdadera pasión, y la admiración que hemos sentido el uno por el otro han creado apuntes en nuestros corazones, notas imborrables que han quedado esmaltadas a fuego.

Ahora que la obra terminó, llega el momento en que Jazzmin y Cero se encuentran finalmente sin sus personajes, y comienza una nueva etapa de descubrimiento, que no por estar fuera de la ficción, deja de tener su propia emoción. Ahora llega el momento en el que descubrimos que ambos somos mucho más que palabras, mucho más que cartas, mucho más que notas que jazz. Nuestros mundos se componen de esos elementos, partículas que en el universo distraído se encontraron y nos encontraron.

La calma y el silencio del encuentro nos han despertado del mundo de arena donde nos presumíamos en nuestras soledades. No son tales, ni la tuya ni la mía, aunque el espacio que nos hemos reservados se encuentra ajeno a miradas intrusas. Este seguirá siendo nuestro espacio. El que no compartiremos si no queremos. Yo siempre estaré para ti, y tú vendrás siempre que quieras. Aunque fuera ambos nos compartiremos con tantos otros que tienen también un pedazo de nuestro amor. No busques la fuente del amor eterno y perenne. La tienes ahí, delante de ti. ¿No te has dado cuenta de que ya la estás utilizando, que cada palabra, cada carta, cada epístola, surgen del caudal de esa fuente?

¿Quién dijo que hay que amar solo a una persona en el mundo? El amor, tiene tantas variantes como personas a las que se puede destinar. Ningún amor será nunca igual a otro. Ningún amor recibido será guardado en el mismo lugar donde se guardaron otros. Cada persona, cada amor tiene un ritmo, y yo estoy feliz porque finalmente en mis sueños, en mi arena, y en mi vida he encontrado el ritmo de Jazz.

Notas de Jazz: el sonido del tiempo (8)

Mi querido Jazzmin,

Tu carta de hoy, como las anteriores, ha vuelto a pillarme despeinada y sin maquillar, de forma que he ido corriendo a mi refugio para darle tiempo a tus palabras y que me encontraran esperándote. Ya casi me había hecho a la idea de que la carta 14 sería la última. Dijiste que acabarían, y traté de aceptar el hecho, igual que me llevó días asimilar que yo era la receptora de tus cartas. Tu sabes que las leo más de una vez, y más de dos, para no perder detalle, para descansar en cada punto, para imaginar como tus dedos se deslizan por cada letra como si de una caricia sobre mi se tratara. En tu carta 14 se te escapó una coma. Meditaba sobre el hecho de que fuera un punto final, pero tu dedo te traicionó y esa coma vino a mí diciendome que quizás habría más. Yo miraba esa coma rebelde y le decía "no! te has escapado. Tu deberías ser un punto final, porque él tiene que apartarme y sus cartas deberían cesar". Aunque mis palabras expresaban exactamente lo contrario de lo que mis pensamientos susurraban a la pequeña coma.

Ambos sabemos que nuestros textos deberían acabar, y por mi parte debo decir que con mayores razones. Debo alejarme por tí para que tú puedas continuar. Debo encontrar el lugar exacto que debo ocupar entre las músicas de tu vida. Debería escribirte que estos días que tu ordenador se indigestó para mí fue el descanso que mi mente necesitaba. Debería decirte que la espera de nuevas botellas que han dejado de llegar me ha llevado a descubrir un camino que me aleja de la playa. Debería decirte que tanto byte intercambiado ha terminado por llenar mis buzones de correo y que están saturados. Debería decirte que te he olvidado. Debería decirte que para mí fue suficiente, que no quiero ser la reina de tu castillo, debería escribir tantas cosas, pero estaría traicionandome a mí misma, y no hay peor traición que la que uno mismo se inflige y yo no soy tan valiente como para ello. Mi ordenador también ha debido esconder el punto final, y en su lugar pone puntos y seguidos, y eso me mantiene en la playa donde te recojo, en palabras, en botellas, con la paciencia, la sabiduría y la resignacion de saber que no llenaré cada uno de tus días, ni de tus minutos, que no seré tu melodía favorita, porque no puedo serlo, y que debes ser feliz, y que yo lo seré sabiendome en un rincón, desde donde puedas rescatar esa esencia que te dejé, que intento enviarte, que espero sea suficiente, de momento, porque aunque tú dices que no, sí estoy ahí, a tu lado; que quisiera me mantuvieras ahí, y que tratemos de ser amigos, o que ya lo somos, y que podemos compartir muchas cosas aunque otras no podamos, o no debamos.

Y solo puedo escribirte que sé cual debe ser mi lugar, aquí en esta playa, que no te pediré otro, y que espero alguna vez tu visita, aunque solo sea una vez, para que además de mis palabras, pueda darte una mirada, una sonrisa, decirte en susurros que noto tus ausencias, que trato de llenar leyendo una y otra vez tus palabras pasadas, que para mí son presente. Que tu sabiduría también me ayuda, que quiero ser para tí, soporte, refugio, pilar, rincon en el que puedas descansar, oráculo que quieras consultar, música que quieras compartir, ...

Y solo puedo escribirte que sé que en tu isla ya no estás tan solo, y que no tienes ni debes tener tanto tiempo para escribirme y que así es como debe ser, aunque al escribir estas palabras haya un nudo en el teclado que descoloca las letras. Entre nosotros se ha dibujado un paisaje que no podemos ni debemos ovbiar porque sería rechazar el lugar en el que nos encontramos, y de esa forma rechazarnos a nosotros mismos. Sólo tenemos que darle los matices adecuados para que pueda seguir siendo nuestro lugar, el espacio en el que las personas que hay detrás de Jazzmín y Cero puedan finalmente encontrarse. Yo lo creo posible, y sabes que mi fe es firme, por lo que lo defenderé aunque tenga que ensayar una y mil veces y pueda demostrarte que la melodía se puede interpretar. Tú mejor que nadie sabes que un músico no se debe solo a una partitura. Que un músico se compone de mil notas en distintos pentagramas, que una será seguro la favorita, su éxito más rotundo, su salto a la fama, pero todas las demás, las secundarias, las iniciales, las inacabadas son las que lo han conformado como músico. Incluso las partituras quemadas, las rotas, las desechadas de alguna forma están en la vida del músico, y aunque no existan, existieron y de alguna manera seguirán vivas en él. ¿Me dejarás ser una de ellas?

Y solo puedo escribirte que el sonido de tus palabras es el sonido de mi tiempo, un tiempo que se detuvo en mis sueños, sueños en los que los silencios se convirtieron en Notas de Jazz.

Notas de Jazz: Silencio Sostenido (7)

Mi querido y desconcertante Jazzmín:

Tu última carta ha dejado una gota de agua a punto de resbalar por mi mejilla, por cuanto no he sabido leer entre líneas si la melodía que interpreto es la correcta o estoy fuera de tono, y el sonido lejos de ser dulce supone estridencia y aturdimiento. Pero rápidamente me he puesto a favor del viento para que su atrevimiento fuera barrido por el aire. Porque lo que quiero para ti son sonrisas que iluminen tu día a día, y no lluvias intermitentes e imprevistas que empañen el horizonte. Después me he sentado en mi playa, en la que he recibido tu carta, y con pluma dorada y papel color arena he pensado que debía intentar hacerte llegar mi mensaje. He esperado a que un barco pasara cerca de mi isla para entregarle esta carta, y que llegue rápidamente. No quería dejarla a la deriva entre la corriente. Seguramente hubiera llegado también, pero las dudas y la incertidumbre hubieran hecho presa de mí durante un tiempo, haciéndome desafinar, y he preferido evitarlo. La espera no ha sido muy larga, porque últimamente los barcos que llevan a ti pasan con cierta costumbre. Podría haber cogido uno de ellos, antes o ahora, pero los dos sabemos, como me has escrito, que nuestra felicidad de encontrarnos al fin juntos, en este instante, no hubiera sido completa. No es el momento. Quizá no lo sea nunca. O quizá lo sea mañana.

El futuro siempre es incierto. Esta partitura, que comenzaste y en la que quisiste yo participara, está a punto de acabar porque las notas ya están en su sitio, la composición esta terminada, y ambos sabemos cual es la melodía que tenemos que interpretar. Y pronto, juntos, comenzaremos otra. Ninguna de las dos tendrán el ritmo que se pretendía, pero lo importante es que suenan. A veces la música no vibra como uno la imagina, pero siempre es bella. La música tiene además otro tropiezo: uno puede equivocarse de pentagrama, saltarse un silencio, interpretar un adagio cuando en realidad es un piano. Pero un buen músico, distraído y torpe, pero emocionado con los sonidos, aunque se pierda, aunque se equivoque, vuelve a su punto, y la música sigue sonando. Aquí no hay posibilidad de parar y retroceder para retomar la melodía en el punto en que uno se extravió. Solo queda continuar, y confiar en el otro para que sepa perdonar, y sepa amar a pesar de los despistes. Sé que nuestra canción, la que interpretamos juntos es exquisita, porque ha surgido de ti y de mí, y la hemos compuesto entre los dos, con los deseos y las expectativas de los ambos.

Solo espero que mis despistes no interfirieran en tu melodía. Ambas deben acoplarse pero no entorpecerse. Siento que nuestros ensayos nos están llevando a ese punto en el que nuestro dueto sonará al unísono como una sola pieza, de forma que los diferentes instrumentos serán solo uno, y durante el tiempo que suene, será mágico, especial, aún sabiendo que cuando acabe la representación volveremos a ser dos. Sé que nuestras notas se complementarán.

Inevitablemente interpretar una melodía a dos voces requiere conocer al otro, sus pensamientos, sus movimientos, sus mínimos misterios, para predecirse y que cada acorde prometido sea el sonido anhelado. En eso estoy, en conocer esa música de jazz que salió de la nada, que buscó interpretar una melodía conmigo. Me has buscado y me has encontrado, y voy aprendiendo, lenta creo, pero segura.

Sé que interpretas otras melodías. Debe ser así. Tú eres un músico, de las palabras, del blues, de la noche, de la compañía, y yo solo soy una aprendiz con entusiasmo por estos nuevos sonidos que me han enviado en botellas de cristal. Está bien así. Aunque a veces los aprendices reclaman más de sus maestros, porque quieren llegar a su nivel, y quieren estar a su altura, y no defraudarlos, pero los maestros tienen que ser sabios en esto, y establecer los ritmos para que el solfeo sea aprendido y retenido, y los conocimientos no se pierdan entre el ansia y el anhelo. Y sé además que surgen otros aprendices, que renuevan las ilusiones de los maestros, y está bien que sea así. Los aprendices lo sabemos, que no somos exclusivos, que compartimos maestro, pero también sabemos que nuestros desvelos, nuestras metas alcanzadas se quedan para siempre en el corazón del mentor, como una pequeña alabanza que dice “lo sabe! Yo sé lo enseñé, lo aprendió de mí, lo aprendió conmigo” y eso hace que la querencia del profesor por su aprendiz aumente.

¿Dónde crees que será nuestro próximo concierto? ¿Será en ese castillo del que me hablaste, a veces abierto y a veces cerrado? ¿Será en un escenario idílico en medio de un paisaje de colinas, como en un antiguo anfiteatro romano? ¿Será entre esas montañas que tanto te gusta recorrer? ¿Será en una pequeña tetería entre un reducido y selecto público?

La verdad es que el lugar no importa. Los conceptos de espacio y de tiempo entre nosotros no deberían tener sentido, porque nuestros encuentros están marcados por otras pautas que sólo tu y yo comprendemos y sabemos encontrar, por los compases de las sonatas que tú y yo interpretamos. Y sé que la música que descifro te llega. Sé que mi música crea en ti sentimientos contradictorios, de querer seguir enseñando, y de querer dejarlo porque puedas creer que el aprendiz ya no puede aprender más, porque hay que dar oportunidad a otros....está bien. Tú eres el maestro de ceremonias, el director, quién tiene la batuta entre sus manos, quien marca el camino.

Estate tranquilo, mi querido Jazz, porque en el silencio sostenido de mis noches, yo duermo feliz, con tus notas revoloteando entre mis sueños, y sabiendo que el maestro es feliz con sus interpretaciones, las mías y las de otras. Y no espero nada más que seguir aprendiendo contigo, y que mi melodía sea dulce y especiada para ti.

Notas de Jazz: Voces (6)

¿Bailaremos?

Notas de Jazz: El Baile final (5)

Han pasado los días pensando en ti y en tus cartas. Te has colado en mis sueños a pesar de las barreras de arrecife que me impuse para evitar que tus palabras llegaran a mi piel y se quedaran pegadas como lapas. Pero todos mis esfuerzos se vuelven inútiles ante las olas embravecidas que cada día llegan hasta mí. Quise convertirme en estatua de sal, en la orilla para que tú te olvidaras de mí, para intentar pasar desapercibida para ti, como roca inerte en un paisaje cualquiera, pero no lo he conseguido y he tenido que admitir que estás, y que no puedo ser figura indolente, y ya no me importa además.

Las tormentas, a veces, hay que darlas por inevitables, como luchas perdidas, y simplemente dejarse empapar, y dejarse llevar como rehén adorado que será tratado entre algodones con el fin de que no se lastime. Así he llegado a la rendición. He sacado mi bandera blanca y la he clavado entre las arenas, para que tú la veas. Sé que la verás, es más, sé que ya la has visto, porque mientras anoche contemplaba el reflejo de la luna en el agua que me rodea, llegaste lentamente, sin apenas darme cuenta, y sujetando mi cintura con tus manos, susurraste, desde mi espalda ¿quieres bailar conmigo?

Y yo, que durante un tiempo pensé que dudaría, me di la vuelta y me dejé llevar al ritmo de Old Devil Moon, de la mano de las notas de jazz y de tus palabras, sobre las arenas que a ratos parecían movedizas, dispuestas a hacerme desaparecer. Y así, entre murmullos y corcheas, se ha descuidado la noche, esa noche que durante una eternidad de mensajes y botellas había permanecido perdida, y que cuando menos lo esperaba ha llegado, como una cometa arrastrada por el viento que ha caído a mis pies.

Así que he decidido enterrar el tiempo. Lo tenía guardado en un reloj de arena, de esos de cristal y peana de madera, avanzando lenta e inexorablemente. Lo he desmontado y sobre la playa, en el lugar donde suelo recoger tus botellas, he hecho un profundo agujero con mis manos, y lo he enterrado. Quiero creer que al mezclarse se detendrá porque no sabrá hacia donde correr, y así podré disfrutar de este sueño que me estás haciendo vivir. Es el mismo lugar donde he plantado mi bandera blanca, para que cuando por fin llegues, pueda encontrar el sitio y juntos lo desenterremos y entonces el tiempo podrá volver a deslizarse. No sé adonde nos encaminará pero ¿importa?

El amanecer me sorprendió en la misma playa. Me creí con mi cabeza apoyada en tu regazo, mientras tus historias de blues y jazz moteados decoraban la salida del sol, y tus dedos apartaban de mi rostro mi cabello travieso. El sol lucía fuerte, manteniendo mis ojos cerrados, así que hasta que no me he atrevido a abrirlos, no he visto que la noche, finalmente había acabado, y que mi sueño tenía una mezcla de sensaciones, entre el frío de una quimera, el anhelo de un espejismo y la realidad de tu existencia. Porque a pesar de nuestras playas, siento tu presencia. Y sé, porque así lo estimo, que ese baile que me pediste, será bailado.

Notas de jazz: Melodía de caracolas (4)

He recogido tu última carta y me he detenido, en mi orilla a leerla. Estaba sentada en la arena, dejando que las olas del mar empaparan con cada acometida mi vestido blanco, el que he elegido para el día que nos conozcamos. Creo que el blanco me sienta bien, encaja con el color canela de mi piel dorada por el sol, y a ti te gustará. He tenido mucho cuidado para que las gotas de mar no empaparan tus palabras, y no pudiera leerlas por ilegibles. Mientras la leía, y la volvía a leer, para no perder ni una de esas cosas que tú quieres que sepa y que yo voy atesorando en mi corazón, he oído un dulce sonido que me ha hecho girar la cabeza. Ahí estaba tu botella, golpeando suavemente con las caracolas nacaradas que me acompañaba en la playa. Era una suave cadencia que me ha dejado como hechizada por algunos segundos, como si entre ambas, la botella y las caracolas, estuvieran componiendo una melodía que acompañara mis lecturas. Hasta que me he dado cuenta del riesgo de perder tu mensaje. Me he levantado de un salto a recogerla, no quería que se rompiera. He cogido la botella, y despacito me he acercado a mi cabaña, donde guardo tus palabras.

Te encantaría. Es una cabaña acogedora, de madera de sándalo, que desprende un aroma sensual y refinado que me transporta y que se ordena perfectamente al aroma de jazzmín de tus cartas. Aquí las tengo todas, colgadas en la pared de una fina cuerda tejida con hojas de palmera, para tenerlas todas a la vista, para que tus palabras sean un suave torbellino que revolotea, para que sean el aire que respiro cuando entro aquí. Cada una de tus cartas es una ventana a un mundo ideal, un sueño que un día me atreví a soñar, y que en cierta medida tú has creado para mí, y que aquí dentro puedo vivir. ¿Puedes siquiera imaginar cuanto agradecimiento hay en mi alma? He venido a dejar tu última carta. Casi me la sé de memoria. Como las demás. Pero ahora tengo también tu botella. Quiero sentir lo que hay dentro. Quiero ver que me has traído.

He conseguido sacar tu papel, ese brizneado que tanto te gusta mandarme y saldré a leerlo al sol, porque la luz hace que la emoción de las palabras sea diferente, más impetuosa, más palpitante, más ciega también. Y vuelvo a caminar por la orilla, mientras la brisa de la playa juega revoltosa con mi cabello y con mi vestido, confundiéndolos en un baile bullicioso. Pero yo estoy ajena, porque me pierdo en tus palabras, en la imagen de tus manos trazando un camino de letras que nos ha unido. Pero no me concentro, porque la melodía vuelve a sonar, y fijando mi mirada en la línea de la playa, veo que hay más mensajes, y mi corazón salta de contento, porque hoy tengo todo el día para ti, tengo todo un día de ti. Voy a cogerlas, y a leerlas despacio, y a llenar mis minutos de tus palabras que bordean como un coral la isla de mi vida.

Notas de Jazz: en clave de sol (3)

Ayer estuve al sol, como tú. El sol me ayuda, me renueva mis fuerzas, y me ayuda a ver las cosas con otros sonidos, con otros colores. Y las he visto. He estado días preguntándome porqué suceden determinadas cosas, entre nubes borrascosas y días grises; cosas que escapan a mi control, pero que de alguna manera tengo que encajar en mí, día a día. Y perdida en mis meditaciones, con una actitud entre la apatía, el enfado y la rebelión, ayer, con la luz blanca y tibia alrededor, he dejado de pensar, para sentarme a escuchar. El sol tiene ese poder sobre mí: me permite abandonarme y dejar mi mente completamente quieta, atenta únicamente a lo que hay a mi alrededor. Era preciso y necesario. Y el mensaje que estaba necesitando me llegó preciso y claro, suave y tierno, acorde y armónico con tus mensajes en botellas.

He sentido, porque me lo han susurrado, que todo tiene una explicación, que todo tiene un propósito. Tras los negros nubarrones que cubrían mi horizonte, débiles rayos de luz han empezado a clarear mi playa, y la fuerza que me han dado me han permitido salir de mis arenas, y pasear, y buscarte. Ya te he contado que creo. Y creo en un plan, perfectamente diseñado, que acoge a las personas y les da un camino, un buen camino, y un lugar. Hay otros caminos, que también podemos escoger, y posiblemente nos llevarían al mismo lugar, pero son caminos menos claros, más largos, con más tropiezos. Yo quiero estar en el buen camino, porque me hace sentir feliz, tranquila, acunada en mis temores. Es un camino también con sus dificultades, pero con sustentos. Cuando empecé a recoger tus cartas, pensé que me había apartado de este camino y que por ello estaba naufragando, y estaba atrapada en mis arenas. Estaba caminando hacia la tormenta perfecta de la que nadie puede escapar. No entendía en qué momento había cogido la dirección equivocada, qué había hecho mal, porque de repente me encontraba en esta playa tan solitaria, acosada por furias que me atemorizaban, y que solo tus mensajes conseguían traer un poco de calma y paz.

Hoy el sol ha iluminado la playa, y yo he visto más allá de la orilla donde te recojo. Al contemplar mi derredor he comprendido que no estoy sola, y que además estoy en el lugar que me corresponde estar. Creo que no he llegado aquí por error, sino que mi presencia en este lugar tiene un propósito. El sol me ha marcado el lugar correcto, el lugar en el que estoy, el lugar en el que te espero. No estoy tan lejos como creíamos. Realmente estamos cercanos. Desde aquí estoy dispuesta para tí, para cumplir esa misión que me ha traído a tus mensajes, la respuesta a tus palabras buscándome, la obra que iniciaste con tus cartas y tus manos.

¿Sabes cual es esa misión para la que me has creado, mi misión? Yo tampoco lo sé, aún. Quizá tampoco es importante saberlo. Lo iremos sabiendo a medida que pase el tiempo. Empiezo a comprender que tu búsqueda de mí, que la creación de Cero no es una casualidad, que quizá no es exactamente como fue planificado, y por eso hemos estado como naúfragos, sobre todo yo he estado a la deriva, pero el lugar donde estamos, las playas en las que nos encontramos son el sitio adecuado, nuestros paraísos particulares que ahora debemos compartir. No sé si yo aquí en mi playa, y tú ahí, en tu costa, enviándome mensajes, serán nuestros escenarios definitivos. Posiblemente no, y con el tiempo cambiaremos. Las mareas, la brisa, nos llevarán y nos traerán. Nosotros sólo debemos dejarnos llevar. Y disfrutar de cada momento, de lo que tenemos, de lo que has construido, de lo que puedo hacerte llegar, porque de esta melodía tuya y mía sólo podemos obtener ganancia, bellas notas, alegres o tristes, da igual, pero bellas, sin pensar en lo que pudo ser y no fue, porque en esa melancolía perderíamos lo que es.

Y pensando que la clave es el Sol, acabé el día resguardada de la lluvia en mi cabaña de palabras, en la quietud de mi letargo dominical, mientras el golpeteo del agua en la arena recubre mis letras, acompañado de las alegres y lejanas notas de un saxo.

Notas de Jazz: Naves y Pentagramas (2)

Algunos días me descubro desconcertada. Intento estar atenta a tus palabras. No puedo darte mucho, así que cualquier mínima petición es para mí una pequeña forma de compensarte. No me siento culpable por no ser exactamente como esperabas, o no estar donde tu hubieras querido. Cuando uno se arriesga a crear algo, siempre cuenta con un pequeño margen de error. En este caso, este margen se cumplió. El caso es que leí tus últimos mensajes, y entendí que querías una carta. Creo que la primera ni siquiera la has visto aún. Esta es la segunda, y no sé si habrá más. Te he notado distante, incluso triste, como si te hubieras arrepentido de tu: Cuanto daría por una carta tuya! Inténtalo!

Pues a riesgo de equivocarme lo estoy intentando. Los días, desde que recojo tu correspondencia son distintos. ¿Sabes? Sé que otras te cuentan lo que sienten cuando leen tus cartas. Yo no lo he hecho. De momento. Pero tú no permaneces ignorante, sabes leer entre líneas, y conoces a las mujeres ¿crees que alguna puede quedarse indiferente ante tus palabras? ¿Crees que nos dejamos llevar por la apariencia, las posesiones, el título universitario?

No cielo, la mayoría de nosotras nos dejamos llevar por una palabra bonita. Un beso susurrado en el viento que aterriza en nuestro cuello. En el mío también. Inmediatamente después un escalofrío recorre mi espalda. Intento ser dura, pero a veces me cuesta. Me cuestan mis luchas. De tanto pensar. Y a veces, me dejo llevar.

Tus cartas están próximas a terminar. Lo sé. Las mías también tienen fecha de caducidad. Guardalas si quieres. El blog desaparecerá. Me consuela pensar que este "hola" que quisiste iniciar puede dar lugar a un montón de palabras, a un montón de notas de jazz, que de alguna manera quieras seguir compartiendo conmigo. Me niego a pensar que sólo quedará un adios.

Imagínate. Hoy he estado mirando desde mi playa. He visto barcos pasar, cerca de aquí. Formaban un pentagrama hermoso en el horizonte. Cada uno a una altura diferente, con el sol a la derecha, enfoncándolos, como si fuera la clave del pentagrama que marcaba el tono, el ritmo. Parecía una melodía linda. Y he pensado, si podría coger uno. Que me lleve hasta tu playa, para presentarme y decirte: mírame, soy Cero. ¿Puedo ser tu amiga?. Y he sacado mis pies de la arena, y me he lanzado a la orilla, y me han mojado las olas. Algunos estaban verdaderamente cerca. Pero cuando el agua tocaba mi cuerpo, este se desmoronaba, y me he asustado, porque dejaba de ser yo, para convertirme en otra cosa, que no era yo, que estaría cerca, pero que no sería yo. Y me he entristecido, porque he visto que aún no puede ser. Porque la melodía que me había parecido tan linda es finalmente una melodía triste, hoy, como esas canciones de jazz que tanto te gustan y que yo quiero que me gusten.

Y desde aquí, veo pasar los barcos, y creo distinguir otro ceros que sí han conseguido salir de sus playas, y navegan hacia tí, y me enfado. Pero después se me pasa, o hago porque se me pase, y me conformo con decirte que lo has conseguido, que estaré aquí, en la forma que tenga que ser, hasta que tú quieras. Que esperaré.